José María Figueroa, presidente de los empresarios de estaciones de servicio de Pontevedra, ante el negocio familiar en Baiona, históricamente conocido por los tulipanes que lo adornan

José María Figueroa lidera la tercera generación de un negocio familiar que recibió premios nacionales de Turismo y acogió dos rodajes de películas

29 Mar 2026. Actualizado a las 05:00 h.

«En una situación de precios altos del combustible, en las estaciones de servicio vendemos menos. Desde que empezó el conflicto de Oriente Medio el gasoil ha subido casi un 40 % y eso, a la hora de llenar el depósito, es una barbaridad», certifica José María Figueroa (Baiona, 1972), presidente de la Asociación Provincial de Estaciones de Servicio de Pontevedra. «Con la guerra ganamos menos, desde luego», añade categóricamente para desmentir que la inestabilidad internacional esté reportando beneficios a las gasolineras.

Al papel de representante del sector que asumió hace cinco meses, le ha tenido que sumar el de su defensa activa ante la contrariedad de una ciudadanía que comprueba a pie de surtidor cómo una decisión tomada en Estados Unidos vacía cada vez más sus bolsillos. «El precio de los combustibles lo marca su cotización internacional cada día, no tiene nada que ver con el que había en el momento en el que la petrolera lo compró y refinó. Es bastante complejo explicar cómo funciona este mercado, pero lo que es absolutamente cierto es que no somos las estaciones de servicio las que fijamos los precios. Ojalá, entre comillas, pudiésemos aprovechar algo en nuestro beneficio situaciones de este tipo, pues somos empresarios y nuestro objetivo es ganar dinero… pero no. La gente ya se está midiendo mucho y notamos claramente que ha empezado a suprimir desplazamientos en coche, y que gasta menos aquí».

Teme Figueroa que si el conflicto escala las medidas implantadas por el Gobierno —«que han sido muy potentes», dice—, sean absorbidas por nuevas subidas. Dos euros el litro es la barrera psicológica que cree retraería duramente el consumo de combustibles, y apunta que si se llega a alcanzar, a la Administración poco más le quedaría que aplicar medidas en favor de los sectores profesionales.

Como presidente del ramo en Pontevedra asegura que fue ínfimo el porcentaje de estaciones que remolonearon retrasando unas horas el recorte del IVA e impuestos especiales decretado por el Gobierno en los combustibles. «Estamos todos monitorizados, tenemos que comunicar al ministerio los cambios de precios dos horas antes… rige la transparencia en este sector y todo el mundo puede comparar los precios entre estaciones. Y por imagen, tú no puedes ir contra una norma cuando todo el mundo lo está pasando mal. Ninguna estación se puede salir del tiesto», mantiene.

Álbum familiar

La imagen pública y el trato en el negocio abierto por su abuelo José María en 1964, asegura Figueroa que son dos de los pilares fundamentales de la Estación de Servicio Monte Real, la única existente en Baiona. Su padre, Paulino, le dio continuidad, y ahora él la gestiona pensando en hacer el tránsito «de una empresa familiar a una familia empresaria». La parcela situada detrás de los talleres y el tren de lavado de la estación de servicio, ante la playa de Santa Marta, está ya designada como escenario de diversificación. Un hotel o apartamentos turísticos está llamado a convertirse en el siguiente paso. «El negocio de la estación de servicio es muy maduro, y la posibilidad de seguir haciéndolo rentable es incorporando más servicios, aunque todo aquí seguirá girando alrededor del combustible», asegura.

Así lo hicieron también sus predecesores. El Barcito, situado junto a la gasolinera, era el punto de encuentro de camioneros y viajantes que los sábados acudían a los talleres a engrasar, revisar y lavar sus vehículos. Figueroa tiene ideas para recuperar ese local, uno de los espacios del parque de atracciones que para él fue de niño la gasolinera. «Era mi campo de juegos. Imagina pasar el día entre coches y camiones. ¡Qué más se podía soñar!».

La gasolinera le dio su primera ocupación y le impulso a estudiar Empresariales. Veranos lavando coches, calando con doce años los tanques de gasolina… «Abrías la tapa y salía todo aquel gas», rememora transmitiendo autenticidad del recuerdo del legado recibido. También forman parte de esa memoria transmitida los tulipanes plantados ante el negocio. Fue su abuela Marina la que empezó a darle color a un mundo de camiones, grasa y gasolina, y desde entonces las flores multicolores caracterizan a la estación de servicio que por su presencia fue galardonada con el Premio Nacional de Turismo en 1970 y 1974. «En Repsol nos conocen como la estación de servicio de los tulipanes», dice pensando en su abuela, precursora del turismo baionés moderno con las casetas para bañistas en la playa y a los que surtía de agua con una manguera conectada a la gasolinera.

Son historias de un negocio que ha inmortalizado hasta el cine dos veces. Un Seat 1430 en el que simulaban viajar Ana Belén, Amparo Soler Leal, Antonio Ferrandis y Carmen Armiñán, se detuvo allí en 1975 para la película ¡Jo, papá! a repostar mientras la familia trataba de distraer a un padre atribulado que ni reparaba en el paisaje costero de Baiona ni en las pescantinas que hacían equilibrios al pasar con las patelas en la cabeza. En ese mismo año, Teresa Gimpera, Juan Ribó y el resto del elenco de la cinta El vicio y la virtud establecían su base en la estación de servicio Monte Real y grabaron alguna de sus escenas. «Este es un negocio de siete días a la semana, da para muchas historias», certifica José María Figueroa.